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martes, 5 de junio de 2012

Un poeta contra los pánzer de Rommel

El frente de guerra del norte de África durante la Segunda Guerra Mundial, ha tenido muchos personajes interesantes como Rommel y Montgomery, Von Stauffenberg, Ramcke, Hans Marseille, el mismísimo Stirling, creador de los comandos del SAS. Pero ninguno de ellos escribía como Keith Douglas.


Douglas luchó como oficial de blindados al mando de un carro Crusader Mk. III del Real Cuerpo de Tanques (RCT) en la batalla de El Alamein y luego siguió la campaña del Octavo Ejército hasta Túnez. Siempre levaba una edición de Penguin de los Sonetos de Shakespeare, un ejemplar de Así habló Zaratustra recogido del enemigo cuyo propietario había subrayado las frases aplicables al ideario nazi, y una petaca de whisky.

Equivalente en la Segunda Guerra Mundial de los grandes poetas de la Gran Guerra como Sassoon, Owen y Edward Thomas. Era culto, sensible, observador, curioso y dotado de una gran simpatía, Keith Douglas nos ha dejado en su crónica "De El Alamein a Zem Zem" (1946), uno de los mejores, más esclarecedores y conmovedores libros sobre la guerra, jamás escritos. Obra sobre el miedo, el valor y la piedad, lleno de aventuras, De El Alamein a Zem Zem (Zem Zem es el nombre de un wadi tunecino) nos mete en la guerra de las arenas y nos hace vivir episodios dignos de Tobruk o Las ratas del desierto con toda la intensidad del combatiente.


Entre sus vivencias en la guerra del desierto están cuando una vez el tanque de Douglas avanza junto a una columna alemana sin que ni unos ni otros se aperciban, inicialmente. En otra ocasión, el Crusader se enzarza en un mortal juego del ratón y el gato con pánzers y los 88 mm entre las dunas, "Y en el mismo momento en que desde lo alto de la torreta veo doce tanques enemigos a cincuenta metros, alguien me alcanza un sándwich de queso".


Tras la victoria en África y ya como capitán, desembarcó en Normandía el día D y murió al ser alcanzado por fuego de mortero tres días más tarde cerca de Bayeaux. Lo enterraron bajo un seto. Tenía 24 años.


RECUÉRDEME CUANDO HAYA MUERTO

Recuérdenme cuando haya muerto
y simplifíquenme cuando haya muerto.

Como los procesos de la tierra
despojan del color y de la piel;
se llevan el pelo castaño y los ojos azules

y me dejarán más simple que en la hora del nacimiento,
cuando sin pelos llegué aullando
mientras la luna aparecía en el frío firmamento.

Acaso de mi esqueleto,
ya tan despojado, un docto dirá:
"Era de tal tipo y de tal inteligencia", y nada más.

Así, cuando en un año se derrumben
recuerdos específicos, podrán
deducir, del largo dolor que soporté

las opiniones que sustentaba, quién fue mi enemigo
y lo que dejé, hasta mi apariencia
pero los incidentes no servirán de quía.

El telescopio invertido del tiempo mostrará
un hombre diminuto dentro de diez años
y por la distancia simplificado.

A través de ese lente observen si parezco
sustancia o nada: merecedor
de renombre en el mundo o de un piadoso olvido,

sin dejarse arrastrar por momentáneo enojo
o por el amor a una decisión,
llegando sin prisa a una opinión.

Recuérdenme cuando haya muerto
y simplifíquenme cuando haya muerto.



De El Alamein a Zem Zem ha sido recientemente editado en español, muy recomendable.

Para saber más:
El País
Famous Poets and Poems
javiermariasblog

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