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domingo, 1 de septiembre de 2013

Relato sobre el naufragio del USS Indianapolis

A finales de julio de 1945, el USS Indianapolis transportaba varias partes de la primera bomba atómica al atolón de Tinian en el Océano Pacífico, donde estaba la base de los bombarderos B-29 estadounidenses. Tras realizar su misión, navegaba con dirección oeste hacia el Golfo de Leyte, en las Filipinas, cuando fue atacado.


El primer torpedo impactó poco después de la medianoche del 30 de julio mientras Loel Dean Cox, un marinero de 19 años de edad, estaba de turno en el puente de mando. Hoy, con 87 años, recuerda la trágica odisea del USS Indianapolis:
¡Buuum! Salí volando por los aires. Había agua, escombros, fuego, todo subía y estábamos a 25 metros (82 pies) sobre el agua. Fue una explosión tremenda. Y luego, cuando me pude arrodillar, otro estallido. ¡Buuum!.
El segundo torpedo casi partió al crucero en dos. Con incendios consumiéndolo todo bajo la cubierta, el enorme barco empezó a inclinarse hacia un lado.
Llegó la orden de abandonar el buque y Cox trepó hasta el lado más alto y trató de saltar al agua. Se golpeó contra el casco y rebotó antes de caer en el océano.
Miré para atrás. El barco estaba hundiéndose en picada. Había hombres brincando desde la popa mientras las hélices seguían rotando.
Doce minutos. ¿Se puede imaginar un barco de 186 metros de largo (610 pies), que es el tamaño de un campo de fútbol, hundiéndose en 12 minutos? Sencillamente se volcó y naufragó.
Escuché gemidos y gritos.
El USS Indianapolis no tenía sónar para detectar submarinos por lo que el capitán Charles McVay solicitó una escolta pero se la negaron. El USS Indianapolis estaba completamente solo en el Océano Pacífico cuando naufragó.
Nunca vi una lancha salvavidas. Finalmente escuché unos gemidos y gritos, nadé en esa dirección y me uní a un grupo de 30 hombres, con los que me quedé.
Pensamos que era cuestión de esperar un par de días mientras nos recogían.
A pesar de que el USS Indianapolis envió varias señales de auxilio antes de hundirse, nadie tomó en serio esos mensajes, incluso cuando el barco no llegó a puerto el día previsto, nadie se preocupó del asunto.


Unos 900 hombres, supervivientes del ataque con torpedos, quedaron a la deriva en grupos en medio del vasto Océano Pacífico.
Atraídos por la matanza del naufragio, cientos de tiburones venían en dirección a los supervivientes.
Nos hundimos a la medianoche y vi uno por la mañana cuando salió el sol. Eran grandes. Le juro que algunos tenían 4.5 metros (14 pies) de largo.
Estaban continuamente ahí, la mayor parte del tiempo comiéndose los cuerpos de los muertos. Gracias a Dios había mucha gente muerta flotando en el área.
Perdíamos tres o cuatro compañeros cada noche y día. Uno sentía miedo constantemente pues los veía todo el tiempo. A cada rato uno veía sus aletas... una docena, dos decenas en el agua.
Venían y se tropezaban con uno. A mí me golpearon varias veces: uno nunca sabía cuando iban a atacar.
Algunos de los marineros pateaban y gritaban cuando los tiburones atacaban. La mayoría de los marineros decidieron mantenerse en grupo, en lo que parecía la mejor defensa contra los escualos. Pero con cada ataque, las nubes de sangre en el agua, los gritos y el chapoteo, hacían que vinieran más tiburones.
En esa agua clara, uno podía ver a los tiburones merodeando. Y de tanto en tanto, como un rayo, uno nadaba derecho para arriba, cogía a un marinero y se lo llevaba. Uno vino y se llevó al marinero que estaba a mi lado.

Bajo el sol abrasador, día tras día, sin comida ni bebida, los hombres se estaban muriendo de exposición o deshidratación. Con sus salvavidas empapados, muchos terminaron exhaustos por tratar de mantenerse a flote y se ahogaron.
A duras penas podía uno mantener la cara afuera del agua. El salvavidas me hacía ampollas en mis hombros, ampollas encima de mis ampollas. Hacía tanto calor que rezábamos para que oscureciera, y cuando oscurecía, rezábamos por que amaneciera pues hacía tanto frío que nuestros dientes castañeteaban.
Algunos de los supervivientes empezaron a desvariar. Muchos alucinaban o se imaginaban islas secretas en el horizonte. Cox recuerda a un marinero que estaba convencido de que el USS Indianapolis no había naufragado, sino que estaba ahí, flotando cerca de la superficie.
El agua dulce se guardaba en la segunda cubierta de nuestro barco. Un amigo alucinaba que podía ir al barco y tomar algo de agua. De repente, su salvavidas estaba flotando sin él. Y luego él emergió y nos contó cuán buena y fría estaba el agua, que debíamos ir a tomarla. Estaba tomando agua salada y murió poco después.
Por casualidad, en el cuarto día, una aeronave de la marina pasó y vio a algunos marineros en el agua. Para entonces eran menos de 10 en el grupo de Cox. Al principio creían que no los habían visto. Pero poco antes del atardecer, un hidroavión apareció y voló sobre el grupo.
Uno de los hombres nos saludaba desde el avión. Fue entonces que se nos salieron las lágrimas, se nos erizó la piel y supimos que estábamos salvados, que nos habían encontrado, al menos. Fue el momento más feliz de mi vida.

La Armada envió varios barcos al lugar y empezaron a buscar a los grupos de marineros dispersos en el océano. Durante ese tiempo, Cox esperaba en estado de shock.
Oscureció y una fuerte luz bajó del cielo, desde una nube: pensé que los ángeles estaban viniendo. Pero era el buque de rescate que dirigió su reflector hacia arriba para darle esperanza a los marineros y avisarles que los estaban buscando.
En algún momento de la noche, me acuerdo de que unos brazos fuertes me subieron a un bote. Saber que te salvaste es la mejor sensación que se puede tener.
La Armada de Estados Unidos responsabilizó por el desastre al capitán McVay, que se encontraba entre los pocos que lograron sobrevivir. En 1968, se suicidó.
Los supervivientes durante décadas lucharon por la inocencia del capitán y no lo lograron hasta pasados 50 del naufragio.
Cox pasó semanas en el hospital tras el rescate y se le cayó el cabello y las uñas. Estaba, según dice, "encurtido" por el sol y el agua salada.
Todas las noches sueño, quizás no esté en el agua pero estoy buscando a mis compañeros frenéticamente. Es parte del legado. Sufro de ansiedad todos los días, particularmente en las noches, pero vivo con ello, duermo con ello, y me las arreglo.
De una tripulación de casi 1,200 sobrevivieron sólo 317.


Fuente:
El Nuevo Día

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