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lunes, 28 de octubre de 2013

El infierno de la eutanasia infantil en el III Reich

Cuando a los niños de de los campos de concentración nazis les ponían un lápiz en las manos, rasgaban el papel con violentos trazos sangrantes en los que apenas alcanzaban a expresar el terror y la angustia a que estaban siendo sometidos. Y aquellos que tenían un lápiz en las manos eran lo que más "suerte" habían tenido.

Su vida solo servía "en beneficio de la ciencia" mientras eran víctimas de atroces experimentos médicos. De lo contrario, iba directamente a las cámaras de gas. Aunque muchos otros habían muerto a manos de los médicos antes de llegar a los campos en la gran operación eutanasia infantil del III Reich.

Desde los años 20, el concepto de "vida indigna" circulaba ya con cierta naturalidad entre los círculos médicos alemanes y el director de la Institución para Débiles Mentales, Ewald Meltzer, defendía que "a pesar del amor a la vida que parecen tener estos idiotas incurables es conveniente eliminar tales vidas inútiles".

Las enfermeras aprendía su oficio en un manual que diferenciaba los principios del cuidado de los niños sanos y de los niños enfermos o "no dignos de vivir", una separación que no dependía de la salud del niño, como aparenta la terminología utilizada, sino que era establecida por su "utilidad".

La comisión de la Cancillería de Berlín que supervisaba el programa de eutanasia preveía protestas ciudadanas en sus primeras fases y dio orden a los centros de remitir cualquier informe de resistencia directamente a la oficina del Führer, pero las protestas nunca llegaron a cobrar gran entidad, salvo las encabezadas por el Obispo de Münster, Clemens August Graf von Galen. El visto bueno a los asesinatos era firmado por un equipo de unos 100 funcionarios con sede en la Tiergantenstrasse nº4, de aquí recibe su nombre el plan, Aktion T-4.

Para saber más:
El Mundo

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