Del 20 noviembre de 1945 al 1 octubre de 1946, se celebraron los llamados Juicios de Núremberg. En ellos se juzgó a los principales jerarcas del III Reich bajo la acusación de crímenes de guerra, contra la paz, contra la humanidad y posteriormente se incluyó el delito de conspiración. Aunque estos son los juicios más conocidos se celebraron otra docena contra los industriales, jueces o los médicos.
Quien haya visto algunas fotografías o filmaciones de aquellos juicios posiblemente haya observado algo poco habitual en el acusado de un juicio. Y menos de alguno tan importante como este. Algunos de los acusados se reían y hacían bromas entre ellos mientras escuchaban las acusaciones. Y hasta algunos como Hans Frank o Hermann Göring ocultaban su mirada tras unas gafas negras. Aquello causó tal impacto en aquel tiempo que los medios de comunicación allí presentes lo presentaron como “la risa más perturbadora del siglo” o "una risa heladora" mostrando una clara falta de arrepentimiento y un fanatismo ideológico lleno de arrogancia.
Pero todo tiene su explicación y su contexto: aquellas risas y bromas no eran espontaneas, tenían una justificación psicológica y está documentada.
Forman parte de una estrategia en la que los acusados querían deslegitimar al tribunal de un modo desafiante y quitar importancia a las acusaciones mostrando falta de arrepentimiento. También sirvieron para dar una imagen de serenidad, seguridad y dominio de la situación. Las bromas, por otro lado, hacían que se afianzara su pertenencia al mismo grupo o élite y de auto defensa grupal ante el ataque de la acusación. Según los documentos presentados por los psiquiatras del tribunal, los acusados eran inteligentes, pervertidos y bárbaros y reían para evitar choque emocional ante las pruebas y testimonios que se presentaban como un modo de negarlos.
Göring era quien más destacaba y ante este comportamiento el Tribunal Militar Internacional ordenó callar a los acusados cuando las risas se daban ante pruebas especialmente duras como las relativas al Holocausto. Por supuesto todo quedó registrado en las actas oficiales de los juicios.
Esta actitud de los acusados no se dio durante todo el desarrollo de los juicios y según fue pasando el tiempo y las pruebas presentadas el tono jocoso fue desapareciendo. Cada vez estaban más abrumados y preocupados ante el destino que se les presentaba. Por otro lado, era un modo de intentar reducir su culpabilidad de los crímenes de los que se les acusaba.
El comportamiento de German Göring, Franz von Papen, Joachim von Ribbentrop, Alfred Rosenberg, Albert Speer, Julius Streicher o Rudolf Hess se siguen analizando. La mayoría de ellos eran buenos padres de familia y muchos habían tenían educación superior. Se intenta entender cómo y porque actúan así personas que han tenido un poder absoluto en el momento de enfrentarse ante la justicia por unos actos de los que se creían impunes.
Para saber más:
La Mente es Maravillosa
ABC
BBC
Cope
XL Semanal
El Mundo





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