La Asociación para la Recuperación de los Caídos, que cuenta con 200 miembros de diferentes países, ha realizado diversas excavaciones en las que hallaron los restos y objetos de los últimos soldados alemanes que lucharon en en las Colinas de Seelow, a las puertas de Berlín.
La finalidad de la Asociación para la Recuperación de los Caídos es buscar a los muertos sin nombre que yacen en las fosas comunes o que ni fueron enterrados en ningún lugar como personas y están considerados como desaparecidos y restaurar los nombres de los caídos.
La Batalla en las Colinas de Seelow formaba parte del asalto final a Berlín por parte de las tropas soviéticas donde casi un millón de soldados del Ejército Rojo al mando del mariscal Zhúkov se enfrentaron a 110.000 soldados alemanes del 9º Ejército durante tres durisimos días: del 16 al 19 de abril de 1945. Una batalla que costó la vida a alrededor de 20.000 soldados soviéticos y 12.000 alemanes. La batalla fue tan dura que muchos de los soldados alemanes que murieron en la batalla han permanecido casi 70 años en el mismo lugar en el que cayeron, sepultados en el barro y la tierra.
Los soldados caídos también son victimas. Víctimas de una guerra espantosa, que no habían causado y no habían querido.
Para saber más:
Daily Mail
El Mundo
Asociación para la Recuperación de los Caídos
martes, 7 de octubre de 2014
domingo, 5 de octubre de 2014
El humor en la Alemania nazi
Cualquier nación, de un modo u otro, siempre hace humor con sus dirigentes y los alemanes no fueron menos con los nazis. Uno de los motivos que provocó no pocas bromas fue la obligación de realizar el saludo con el brazo en alto (tomado del saludos fascista italiano, que a su vez lo tomó de los romanos).
Aunque el estado policial que se estableció en Alemania tras la llegada de Hitler al poder fuera extremadamente represor, al principio el saludo provocó multitud de bromas y chistes.
Un buen ejemplo es el que cuenta Rudolph Herzog (hijo del director de cine Werner Herzog) en su libro "Heil Hitler, el cerdo está muerto", una estupenda muestra de como se tomaron con humor los alemanes el ascenso de Hitler y la vida en la Alemania nazi en la década de los años 1930:
¿Quien no recuerda una situación similar en la película de Indiana Jones "En Busca del Arca Perdida"?
Debido al poco sentido del humor que profesaban los nazis, la inmensa mayoría de los chistes no tocaban temas políticos, se centraban en aspectos más personales de los líderes nazis. Los chistes pocas veces eran públicos, eran más bien susurrados y contados en círculos cerrados.
En una ocasión el humorista alemán Werner Fink descubrió a dos agentes de la Gestapo anotando todo lo que decía en su show, les preguntó: "¿Hablo demasiado rápido? ¿Pueden seguirme o, en realidad, quieren que les siga yo a ustedes?". Esta y otras bromas costaron el cierre del cabaret por parte de Goebbles y su ingreso en un campo de concentración. Pero eso no le hizo menos ácido.
Para saber más:
Aunque el estado policial que se estableció en Alemania tras la llegada de Hitler al poder fuera extremadamente represor, al principio el saludo provocó multitud de bromas y chistes.Un buen ejemplo es el que cuenta Rudolph Herzog (hijo del director de cine Werner Herzog) en su libro "Heil Hitler, el cerdo está muerto", una estupenda muestra de como se tomaron con humor los alemanes el ascenso de Hitler y la vida en la Alemania nazi en la década de los años 1930:
"La mejor respuesta al saludo hitleriano la tenía un feriante de Paderborn que hacía levantar el brazo derecho a sus chimpancés amaestrados, lo cuales lo hacían con gusto y con mucha frecuencia. Cada vez que divisaban un uniforme, incluso aunque fuera el del cartero, hacían inmediatamente el saludo hitleriano. Pero no todos los integrantes del partido veían con buenos ojos a los monos nazis. La acción de carácter dadaísta del feriante, un socialdemócrata convencido, fue denunciada a la autoridad por diligentes 'camaradas del pueblo'. Poco después fue publicada una orden que prohibía el saludo hitleriano a los monos.Y al que no respetara la orden se le amenazaba con el 'sacrificio'. Cuando se trataba del culto al Führer, los nazis no tenían ni pizca de humor",
¿Quien no recuerda una situación similar en la película de Indiana Jones "En Busca del Arca Perdida"? Debido al poco sentido del humor que profesaban los nazis, la inmensa mayoría de los chistes no tocaban temas políticos, se centraban en aspectos más personales de los líderes nazis. Los chistes pocas veces eran públicos, eran más bien susurrados y contados en círculos cerrados.
En una ocasión el humorista alemán Werner Fink descubrió a dos agentes de la Gestapo anotando todo lo que decía en su show, les preguntó: "¿Hablo demasiado rápido? ¿Pueden seguirme o, en realidad, quieren que les siga yo a ustedes?". Esta y otras bromas costaron el cierre del cabaret por parte de Goebbles y su ingreso en un campo de concentración. Pero eso no le hizo menos ácido.
"Os sorprenderá lo alegres y animados que estamos, En Berlín ya no lo estábamos desde hace mucho tiempo. Todo lo contrario. Siempre que actuábamos sentíamos una extraña sensación en la espalda. Era el temor a terminar en un campo de concentración. Y mirad, ahora ya no necesitamos sentir miedo nunca más: ¡ya estamos dentro!".El sentido del humor tambien se hallaba entre los judíos de los campos de exterminio, donde los chistes eran una válvula de escape ante tanta barbarie.
"Hacía el final de la guerra, dos judíos van a ser fusilados. Pero les comunican que los van a ahorcar. Entonces uno le dice al otro: '¿Lo ves? ¡Ya ni siquiera les quedan cartuchos!'".
Los soldados tambien hacían uso del humor. Un chiste ayudaba a soportar situaciones apuradas, y sobre todo, a seguir viviendo. Entre la tropa el soldado objetivo de los chistes se llamaba Lehmann.
"Durante la instrucción le preguntan al recluta Lehmann:¿Qué hace el que está de centinela al llegarle el relevo?¡Alegrarse muchísimo!""Lehmann ¿Qué desea el soldado alemán?La vestimenta de los rusos, la alimentación de los americanos y... un enemigo como los italianos."
Muy recomendable el libro de Rudolph Herzog "Heil Hitler, el cerdo está muerto", para conocer la vida en Alemania durante el régimen de Hitler.
Para saber más:
Illustrierte Geschichte des Zweiten Weltkiegs, de Kurt Zentner
Heil Hitler. El cerdo está muerto, de Rudolph Herzog
PlayGround
El Confidencial
Heil Hitler. El cerdo está muerto, de Rudolph Herzog
PlayGround
El Confidencial
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jueves, 2 de octubre de 2014
Lisboa, la Casablanca europea
Durante la Segunda Guerra Mundial Lisboa fue la única ciudad europea en
la que operaron abiertamente tanto los Aliados como el Eje. Era una ciudad rodeada por el horror de la guerra, donde convivieron judíos y refugiados que huían de los nazis y buscaban otra vida, y miembros de la realeza como Carol II de Rumania, que viajaba con su amante, sirvientes y todas sus posesiones o los duques de Windsor.

El dictador António de Oliveira Salazar mantuvo Portugal en una neutralidad muy lucrativa. Para ello no dudó en jugar a dos bandas y mostrar a alemanes y aliados sólo las cartas que le convenían. Algo muy similar a la actitud de Franco en España que tenía claras simpatías por la Alemania nazi. El wolframio era moneda de cambio ya que era vital para los alemanes que lo necesitaban para el blindaje de sus tanques.
La neutralidad de la dictadura de Salazar y el uso del país como escala obligada para poder partir hacia América, atrajo a espías y vividores que se intentaban aprovechar de los refugiados que pasaban semanas esperando un visado que les permitiera salir de Europa. Los muelles estaban abarrotados de gente dispuesta a cualquier cosa por un pasaje, en hidroavión para los ricos y en barco para los más pobres.
Los cafés cercanos a la plaza del Rossio eran una torre de babel en la que se escuchaba hablar polaco, francés, alemán o ruso.
Muchos portugueses actuaban de informadores a cambio de dinero, alimentos o ropa, pero por lo general ni los británicos ni los alemanes se fiaban de ellos. Un caso singular fue el de un funcionario portugués que vigiló a los duques de Windsor y que exigió a los alemanes zapatos para toda su familia porque decía que todos le habían ayudado en sus pesquisas.
Por Lisboa pasaron en su viaje a América Chagall, Jean Renoir, Man Ray o Thomas Mann, mientras que otros decidieron establecerse en la ciudad, como el millonario Calouste Gulbenkian, que se estableció en el hotel Aviz y que compró parte de la colección de pintura de Henri Rothschild.
Entre los espías más importantes que se movieron por la ciudad estaba Juan Pujol, alias Garbo, que fingía estar en Londres, desde donde enviaba información al Abwehr, a través de Madrid y que fue fundamental en las operaciones de engaño que hicieron creer a los alemanes que el desembarco en Francia se realizaría en el Paso de Calais y no en Normandía, como ocurrió el 6 de junio de 1944, el Día D. Otro espía famoso que estuvo en Portugal fue Ian Fleming, el creador de James Bond, que combinaba sus labores de espía con el juego en el casino de Estoril.
Para saber más:
Lisboa 1939-1945, de Neill Lochery
El País
La Información
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El dictador António de Oliveira Salazar mantuvo Portugal en una neutralidad muy lucrativa. Para ello no dudó en jugar a dos bandas y mostrar a alemanes y aliados sólo las cartas que le convenían. Algo muy similar a la actitud de Franco en España que tenía claras simpatías por la Alemania nazi. El wolframio era moneda de cambio ya que era vital para los alemanes que lo necesitaban para el blindaje de sus tanques.
La neutralidad de la dictadura de Salazar y el uso del país como escala obligada para poder partir hacia América, atrajo a espías y vividores que se intentaban aprovechar de los refugiados que pasaban semanas esperando un visado que les permitiera salir de Europa. Los muelles estaban abarrotados de gente dispuesta a cualquier cosa por un pasaje, en hidroavión para los ricos y en barco para los más pobres.
Los cafés cercanos a la plaza del Rossio eran una torre de babel en la que se escuchaba hablar polaco, francés, alemán o ruso.
Muchos portugueses actuaban de informadores a cambio de dinero, alimentos o ropa, pero por lo general ni los británicos ni los alemanes se fiaban de ellos. Un caso singular fue el de un funcionario portugués que vigiló a los duques de Windsor y que exigió a los alemanes zapatos para toda su familia porque decía que todos le habían ayudado en sus pesquisas.
Por Lisboa pasaron en su viaje a América Chagall, Jean Renoir, Man Ray o Thomas Mann, mientras que otros decidieron establecerse en la ciudad, como el millonario Calouste Gulbenkian, que se estableció en el hotel Aviz y que compró parte de la colección de pintura de Henri Rothschild.
Entre los espías más importantes que se movieron por la ciudad estaba Juan Pujol, alias Garbo, que fingía estar en Londres, desde donde enviaba información al Abwehr, a través de Madrid y que fue fundamental en las operaciones de engaño que hicieron creer a los alemanes que el desembarco en Francia se realizaría en el Paso de Calais y no en Normandía, como ocurrió el 6 de junio de 1944, el Día D. Otro espía famoso que estuvo en Portugal fue Ian Fleming, el creador de James Bond, que combinaba sus labores de espía con el juego en el casino de Estoril.
Para saber más:
Lisboa 1939-1945, de Neill Lochery
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