sábado, 20 de julio de 2019

Lectura recomendada: Sangre y Fuego en Tobruk

David López Cabia, como yo, es un apasionado entusiasta de la Historia de la Segunda Guerra Mundial. Esa pasión compartida le ha llevado a publicar, de momento, cuatro novelas ambientadas en ese periodo histórico. Tambien es un gran aficionado a la recreación histórica.

En “Sangre y Fuego en Tobruk” el teniente, Marr II, el sargento Hicks y los soldados Baldrick y Carroll son unos comandos británicos que participan en la operación Flipper (noviembre de 1941), al mando del teniente coronel Geoffrey Keyes para capturar o eliminar a Erwin Rommel, que había cambiado radicalmente el curso de la guerra en África. Finalmente la operación fracasó al encontrarse Rommel muy lejos del lugar donde se llevó a cabo. Después participan en el ataque del SAS al aeródromo de Sidi Haneish (julio de 1942) en el que se destruyeron o averiaron 37 aviones de la Luftwaffe.

La última intervención es la operación Agreement (septiembre 1942), una desastrosa incursión anfibia contra el puerto de Tobruk que tenía como objetivo la destrucción de las instalaciones portuarias de la ciudad, los depósitos de combustible, unos talleres de reparaciones de blindados y rescatar a los prisioneros de guerra en manos de los alemanes. En la operación participaron los soldados del Grupo del Desierto de Largo Alcance (LRDG). El Servicio Aéreo Especial (SAS) y los Comandos.

David, aunque ya había escrito algún relato corto, como “El día de los días”, sobre el Día D, y tiene alguno en el tintero, hace cuatro años publicó su primera novela “La Última Isla”, donde cuenta las historias de un marine estadounidense y de un soldado japonés durante la batalla de Okinawa. Una historia tan real que el hijo de un veterano japonés le felicitó por lo que se parecía a la historia vivida por su padre en aquella batalla.

En 2016 apareció “En el Infierno Blanco” donde presenta la dura vida de un soldado de infantería durante el asedio a Bastogne en la batalla de las Ardenas.
La tercera novela es “Indeseables”. En ella un grupo de comandos “algo peculiar”, que nos recuerdan a los inolvidables personajes de Sven Hassel, se han de enfrentar tras la retirada de Dunkerque, al desastre del desembarco en Dieppe y al asalto al puerto de Saint-Nazaire.

Los que nos dedicamos a la divulgación histórica apreciamos que escritores como David tengan tan buena acogida entre el público y que vaya tocando temas menos conocidos por el público general. Creo que es una buena manera de llevar la historia a la gente.

David no plantea historias alternativas o inventadas, sus personajes viven hechos históricos. Aunque sus personajes sean ficticios bien podrían ser perfectamente actores reales en las batallas de la Segunda Guerra Mundial. Como los comandos Marr, Hicks, Baldrick y Carroll; y la agente del SOE Ida, de “Sangre y Fuego en Trobruk”.

“Sangre y Fuego en Tobruk”, como sus anteriores novelas son una estupenda lectura, especialmente en este caluroso verano que nos ayudará a sumergirnos aún más en las aventuras de los comando en el desierto del Norte de África.

La novela se puede adquirir directamente a través de David López Cabia en su correo electrónico  que además lo podrá dedicar, o en la librería Tercios Viejos, de Madrid, entre otras.

Para saber más:
Diario de Burgos
Circulo Rojo
Todo Literatura

jueves, 11 de julio de 2019

Los jardines del Diablo

Tras ser detenidos en El Alamein, la situación de los soldados alemanes e italianos se complicó. En el ejército británico, el general Auchinleck fue sustituido por un carismático general Bernard L. Montgomery. El nuevo comandante del 8º Ejército preparaba una ofensiva en El Alamein para dar el golpe de gracia al Afrika Korps de Rommel.

Con la Royal Navy dominando los mares y la Royal Air Force haciéndose con la supremacía aérea, los británicos causaban estragos en los convoyes de aprovisionamientos del Eje. Por su parte, Montgomery había acumulado numerosos refuerzos, armas, tanques y suministros para su gran ofensiva en El Alamein.

Viéndose en una situación de inferioridad numérica, el mariscal de campo Rommel pasó a asumir una estrategia defensiva. Así pues, para contener la avalancha del 8º Ejército, dispuso grandes campos minados conocidos como "jardines del diablo".

Para los zapadores alemanes el modo de hacer la guerra cambió considerablemente al llegar al norte de África. Precisamente el desierto presentaba un escenario ideal para la guerra de minas. Pese a que el protagonismo fue acaparado por las tripulaciones de blindados y por la infantería, la guerra en África no puede entenderse sin los zapadores del Afrika Korps, dirigidos por el coronel Hecker. Entre estas unidades cabe destacar a los batallones de zapadores 200, 220 y 900.

Además de los campos de minas convencionales, se sembraron nuevas extensiones de terreno minado, verdaderas trampas explosivas. El entramado defensivo del Eje era una auténtica tela de araña de minas y alambre de espino. Se colocaron alrededor de medio millón de minas para frenar a las fuerzas británicas y de la Commonwealth.

El mariscal Rommel se ocupó de proporcionar a sus tropas todo lo necesario para erigir impenetrables campos de minas. Así, el Afrika Korps recibió numerosos postes de hierro y alambradas para formar unas mortíferas trampas que adquirían forma de U.

Eran multitud de artefactos explosivos los que podían encontrarse en los jardines del diablo. Las minas en forma de plato se dispusieron en tres pisos, de tal manera que, si los británicos desconectaban la primera mina, estallaría la segunda, mientras que, si lograba desactivar la segunda, la tercera terminaría por explotar. En conclusión, una trampa de lo más maquiavélica.

Incluso las granadas de mano italianas fueron sembradas en los jardines del diablo, actuando a modo de minas antipersonas. Ahora bien, especialmente peligrosas resultaban las bombas de aviación. Estamos hablando de bombas de nada más y nada menos que de 100 kilos y de 500 kilos. Estos artefactos se disponían ocultos entre los restos de los vehículos y si se accionaban los alambres unidos a ellas, hacían explosión.

Incluso las tropas que servían en las divisiones acorazadas tenían mucho que temer, pues si pasaban por encima de un poste, podían accionar una carga explosiva capaz de hacer volar por los aires un carro de combate.
No cabe duda de que los zapadores alemanes trabajaron incansablemente, día y noche, para tener a punto los monstruosos campos de minas que debían detener al 8º Ejército británico. De hecho, el propio Rommel inspeccionó personalmente los trabajos de minado en compañía del coronel Hecker, quien le explicaba con todo detalle los esfuerzos de sus zapadores.

Sin duda, los zapadores del Afrika Korps se enfrentaron a unas labores muy peligrosas. Así, los zapadores de Hecker se acercaban al terreno en cuestión con cautela. Una vez llegados al área de operaciones, descendían de sus vehículos mientras una unidad de ametralladoras les proporcionaba escolta.

El trabajo se dividía de la siguiente manera. El primer grupo descargaba las temidas minas de los vehículos, el segundo se encargaba de sembrar las minas y, a continuación, el tercero se encargaba de taparlas. Por último, había que activar las minas. Ahora bien, la colocación de estas minas debía ser lo más precisa posible, de tal manera que se ajustase a la perfección a lo indicado en los mapas.

Y para que la defensa fuese efectiva, tras los jardines del diablo aguardaba la infantería atrincherada. Entre estos campos de muerte, quedaban pequeños espacios que fueron cubiertos por minas T y S. Tan solo pequeños senderos permitían a las compañías alemanas comunicarse entre sí.
David López Cabia

David López Cabia es escritor y ha publicado recientemente la novela bélica "Sangre y Fuego en Tobruk".

Para saber más:
Afrika Korps, de Paul Carell
El Alamein, de Jon Latimer
David López Cabia Blog

lunes, 24 de junio de 2019

El sucio e incompetente verdugo de Nüremberg

John C. Woods fue el verdugo que ejecutó a los criminales nazis sentenciados en los juicios de Nüremberg, en la noche del 15 al 16 de octubre de 1946. Pero no era especialmente conocido por su trabajo como verdugo, lo era por su escasa higiene personal y ser alcohólico. Tambien por ser especialmente cruel con los reos al modificar las sogas con las que fueron ahorcados para que estos sufrieran más antes de morir.

Las sentencias se cumplieron en un improvisado patíbulo instalado en el gimnasio del Palacio de Justicia de Nüremberg. Woods ajustició a los diez jerarcas nazis en apenas una hora y media.
En una entrevista a la revista Stars and Stripes, dijo:
Colgué a esos diez nazis en Nüremberg y me siento orgulloso de ello; hice un buen trabajo. Todo fue de primera […], no recuerdo un trabajo mejor.
Aunque eso no es lo que otros verdugos opinaban de su trabajo, creían que era un chapucero.

La carrera militar de Woods no era precisamente intachable. Se alistó en la armada norteamericana con 18 años y sirvió en el USS Saratoga. A los pocos meses se cansó de la vida en la marina y decidió desertar. Cuando poco después lo detuvieron tuvo que someterse a un examen psiquiátrico en el que fue diagnosticado de "Inferioridad psicopática constitucional sin psicosis" y se le dio baja en el servicio.

Tras pasar por los Civilian Conservation Corps de donde fue expulsado con deshonor por ausentarse seis días del servicio y a pesar de la baja en la marina, en 1943 se volvió a alistar, esta vez en el ejército. En 1944 fue destinado a un batallón de ingenieros de combate en Inglaterra. Se desconoce que participara en el Desembarco de Normandía. Durante su estancia en Francia fue cambiando varias veces de unidad hasta que acabó como verdugo del 3er Ejército de los Estados Unidos.


Para llegar a ser verdugo del 3er ejército mintió. Afirmó que había ejercido en Oklahoma y Texas, cuando en realidad no tenía experiencia ninguna como ejecutor. Fue ascendido a sargento mayor y finalmente se convirtió en el único verdugo estadounidense en Francia. Hasta entonces las ejecuciones la realizó un británico que venía de estirpe de verdugos.

Hasta Nüremberg ajustició a 34 soldados estadounidenses y colaboró en otras tres muertes. Tambien participó en al menos 11 ahorcamientos fallidos de soldados estadounidenses entre 1944 y 1946.

Según sus compañeros, Woods, no seguía las normas, no se limpiaba los zapatos ni se afeitaba. Siempre vestía de manera descuidada. Sus pantalones siempre estaban sucios y sin planchar, llevaba la misma chaqueta durante semanas, a veces parecía que incluso dormía con ella puesta, sus galones de sargento mayor estaban sujetos a la manga por una endeble puntada de hilo amarillo a cada extremo y siempre llevaba la gorra arrugada y descolocada. Era un alcohólico que tenía los dientes amarillos, un aliento asqueroso y un cuello siempre sucio. Pero esto no le importó al coronel Burton C. Andrus, que odiaba a los alemanes con toda su alma.

Cuando llegó el momento de preparar las horcas Woods tuvo muchos problemas al desconocer la estatura y el peso de los ajusticiados. Tuvo que ir improvisando sobre la marcha.
Durante las primeras ejecuciones todo fue normal. Cuando le tocó a Julius Streicher (editor del diario nazi Der Stürmer) todo se complicó. Tras ponerle la capucha, Woods tiró de la palanca. Se abrió la trampilla y Streicher cayó al vacío. Cuando la cuerda se tensó esta comenzó a balancearse y los gruñidos de agonía de Streicher no dejaban de sonar. Woods se metió bajo el cadalso y tiró de sus pies hacia abajo. el nazi finalmente murió tras una gran agonía.

Según algunos testigos afirmaron a la revista The Star, Woods lo preparó para que sufriera, odiaba a los nazis, y Streicher subió al patíbulo gritando iiiHeil Hitler!!!. Afirman que le colocó mal la soga para que no le partiera el cuello. Repitió la operación con los restantes que tardaron varios minutos en morir. Hasta 24 minutos en el caso de Alfred Jodl.

Finalmente, cosas del destino, el verdugo sucio e incompetente de Nüremberg murió electrocutado en 1950 mientras trataba de reparar un equipo de iluminación.

Para saber más:
Nüremberg. Juicio al nazismo, de Fernando Paz
The Nuremberg Trial: A History of Nazi Germany as Revealed Through the Testimony at Nuremberg, de Joe Julius Heydecker y Johannes Leeb.
World War II Gravestone
Foro Paralelo
ABC
Wikipedia