jueves, 19 de abril de 2012

España también tuvo su Titanic

Un trasatlántico naufraga en aguas del Atlántico y mueren decenas de personas. Camarotes de lujo, maderas nobles y millonarios exhibiéndose. Compartimentos de tercera clase con emigrantes hacinados. El barco no se llamaba 'Titanic' ni corría el año 1912. Habían pasado cuatro años desde aquella fecha y la tragedia estuvo protagonizada por los españoles que viajaban en el vapor 'Príncipe de Asturias' con destino Buenos Aires.

Una historia tan apasionante como olvidada. La mala fortuna del navío de la compañía española Pinillos ha pasado desapercibida en nuestra memoria pero supuso una gran tragedia para sociedad de principio del siglo XX.
S
e trataba de un gran barco de vapor con grandes semejanzas con el famoso Titanic hundido cuatro años antes, en 1912. El vapor zarpó de Barcelona y realizó paradas en Valencia, Almería y Málaga desde donde partió para Buenos Aires donde nunca llegó.

Unos corales en las costas de Brasil hicieron que el barco se hundiera en menos de cinco minutos llevándose más de 600 vidas y con algunos supervivientes que fueron recibidos a la vuelta como auténticos héroes.

El Príncipe de Asturias era un gran barco dividido en zona de primera clase, de segunda y de segunda económica. Los camarotes de lujo contaban con todo tipo de comodidades: sala, dormitorio, cuarto de baño o tocador en un amplio espacio.

Los salones de primera eran amplios y elegantes. Estaban engalanados con moquetas persas y servían como sitio para la reunión social de los pasajeros más adinerados del barco. El Príncipe de Asturias tenía una gran escalinata para acceder a la biblioteca, la sala de fumar o el salón de música que poco tenían que envidiar al de su hermano mayor el Titanic.

Los comedores de primera y segunda contrastaban en su amplitud. El primero, decorado con paneles de roble japonés y marcos de nogal, se extendía a lo ancho del barco y tenía gran luminosidad. El de segunda, los comensales comían más apretados en sillas y mesas comunes alargadas para aprovechar al máximo los huecos.

La segunda clase era otro mundo. Quienes no podían pagar un camarote de primera, no tenían lujos. Sus habitaciones eran compartidas entre cuatro personas con literas y algún lavabo común.

Los pasajeros de segunda no podían disfrutar de los largos paseos por la cubierta superior o por la acristalada que protegía del viento y del agua a los pasajeros. Tampoco podían disfrutar la biblioteca del barco que tenía una gran colección de libros y perdidos tras el hundimiento.

Actualmente los restos del barco se encuentran a unos 45 metros en el fondo del mar, en una zona llena de tiburones y con la estructura destruida por los cazatesoros que perseguían una leyenda sobre que el vapor llevaba a América una importante cantidad de oro.

Para saber más:
Diario El MundoBlog de las ciencias ocultas y la mitología
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