miércoles, 6 de febrero de 2013

Antonio Ballesta, el hombre que murió dos veces

Antonio Ballesta Martínez figura todavía en la lista de fallecidos del campo de concentración de Mauthausen, pero en realidad murió en Alicante a los 102 años. Ballesta, según confesó años más tarde, logró sobrevivir por puro azar, ya que intercambió su identidad y su placa con Rafael Millá, quien murió en el campo de concentración de Gusen en septiembre de 1942. El superviviente solía decir que prefería “olvidar que odiar”, pero sus atroces experiencias en el campo de concentración le acompañaron durante toda su vida.

Antonio Ballesta nació en Alicante en 1910. Cuando comenzó la Guerra Civil se alistó como miembro de la Guardia Nacional Republicana y estuvo en Extremadura, Valencia y Barcelona. Tras la derrota de la República huyó a Francia, donde colaboró en la construcción de campos de refugiados para los exiliados. En junio de 1940, tras la caída de Francia ante los nazis, acabó como prisionero de guerra.

Estando preso por los nazis, se enteró de que iban a trasladarle al campo de concentración de Gusen y dejaba solo a su mejor amigo que lo enviaban a Mauthausen, conocido como el campo de los españoles. Entonces acordó intercambiar identidades con Rafael Millá, hijo del que fuera alcalde de Alicante durante la guerra, Rafael Millá Santos, fundador del PCE en Alicante y destacado líder frente a la revuelta militar de julio de 1936.

Ballesta, en una entrevista publicada en 2007 por la asociación cultural Alicante Vivo, recordaba las duras condiciones de vida y el trato vejatorio que sufrió en Mauthausen de 1941 a 1945.

Mauthausen, el día de su liberación por los republicanos españoles

Un número que no olvidó jamás, el 4.270,  que aprendió a pronunciar en perfecto alemán porque de lo contrario recibía un durisimo castigo. “Nos daban latigazos con una manguera llena de arena, la pena mínima eran 25 golpes, y a 25 grados bajo cero”, recordaba.

En Mauthausen sufrió todo tipo de calamidades. “Me dieron con una trenza de cables eléctricos que me quitaron la piel de las nalgas durante semanas”, recordaba este preso que vio morir a compañeros, pasó frío, hambre y terror. Tras la guerra, se instaló en París y contactó con otros españoles en el exilio para intentar rehacer su vida.



Fuente:
El País
Alicante Vivo
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