jueves, 21 de febrero de 2013

Los desertores de la División Azul

La historia de los soldados voluntarios de la División Azul no es tan azul como se ha contado. ¿Aquella fue una unidad de voluntarios o más bien una unidad de castigo?, porque no todos los que se alistaron fueron voluntarios. La épica y el aura legendaria que sobre esta división creo el ideario falangista esconde aristas que hasta hace poco estaban prácticamente ocultas. La más imprecisa de estas aristas es la de los desertores.


De los 38.800 soldados de tropa que se alistó y que salieron en diferentes reemplazos entre 1941 y 1943,  sólo consta que desertaran al enemigo unos 75. Pero la lista no está muy clara. Precisamente, el número de voluntarios franquistas y falangistas era inferior al 60%, y en el resto había soldados forzados a alistarse.

También se encontraban antiguos soldados republicanos que iban a la División Azul para limpiar su expediente, incluso familiares de prisioneros republicanos que al alistarse reducían la condena de sus familiares. Entre ellos están los casos de Luis García Berlanga o los hermanos Ciges. El primer contingente que marchó hacia Rusia en julio de 1941 era mayoritariamente franquista o falangista. Pero después, la realidad era otra bien distinta.


Entre los divisionarios había algunos militantes comunistas y antifascistas que vieron que la División era una oportunidad para realizar tareas de espionaje, aunque muy arriesgada. La División tenía un sistema de inteligencia conocida como la Segunda Bis. Existen casos documentados como los de César Astor, Victoriano Alario, Félix Carnicero, Francisco Mené, Casto Pérez o José Vera, que al final desertaron.
Las primeras deserciones al Ejército Rojo fueron a finales de 1941, al entrar en combate en las cercanías de Leningrado. Los dos primeros desertores conocidos fueron Antonio Pelayo y Emilio Rodríguez. Aunque la pena por deserción era el fusilamiento, no todos los desertores detenidos acabarían fusilados.

Algunos de los pocos divisionarios que llegaron a las filas soviéticas firmaron panfletos que lanzaban desde aviones o leían a través de altavoces, animando a sus antiguos compañeros a desertar prometiendoles cuidado para los enfermos y heridos, ropa de abrigo adecuada, buena comida y, sobre todo, buen trato por parte de los oficiales. Tras desertar eran duramente interrogados por el NKVD.


Los desertores que continuaron en el ejército soviético hasta el final de la guerra creían que quedarían libres, pero no fue así, casi todos los desertores fueron enviados directamente a los gulags. Hay que tener en cuenta que Stalin desconfiaba,  sobre todo, de los desertores porque podían ser espías del enemigo. A los gulags fueron a parar prisioneros falangistas, desertores, comunistas, soldados republicanos e incluso alguno de los llamados niños de la guerra, todos mezclados.

La mayoría de los desertores, tras pasar por los campos de internamiento, se quedaron en la Unión Soviética. Tras la muerte de Stalin, el Soviet Supremo amnistió 253 presos españoles y volvieron a España en el barco Semíramis, que llevó a Barcelona a 286 repatriados, entre ellos había cuatro niños de la guerra. De los divisionarios amnistiados, cinco se quedaron en Odessa. Entre 1945 y 1949, algunos desertores fueron liberados y, casi todos ellos se quedaron en la URSS o fueron a la RDA.



Algunos de los desertores que volvieron con el Semíramis (entre 25 y 30) fueron autorizados a salir hacia Francia con el auspicio de la Cruz Roja francesa. Los que se quedaron en España fueron interrogados incluso por la CIA, algunos de ellos, volvieron a la URSS.

Fuente:
Quadern
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