miércoles, 13 de noviembre de 2013

La Segunda Guerra Mundial lo dejó marcado de por vida

Los 20 años los cumplió en batalla, durante la Segunda Guerra Mundial que lo dejó marcado de por vida y ahora que está a punto de cumplir los 89, las heridas siguen abiertas, no tienen cura.


John Valls se arrepiente de haber matado gente, algo que aún no puede superar, a pesar de que han transcurrido casi 70 años desde aquel 1944 en que durante nueve meses pensó que cada día era el último de su vida.

Hoy recibe el reconocimiento de la gente y el aplauso de quienes saben que es uno de los veteranos de guerra de mayor edad. Pero su mente no está aquí, sigue en Alemania, a donde fue a luchar cuando solo tenía 18 años
Me reclutaron para el Ejército, fui a San Antonio (Texas) donde realicé el examen para piloto, pero para serlo era necesario dos años de instituto, así que me mandaron a una escuela de Wisconsin, donde simplemente me desecharon y me enviaron a Infantería.
A continuación, lo mandaron a Reno, (Nevada) donde fue entrenado para cumplir con su primera misión en África, pero la situación cambió y el joven militar, hijo de emigrantes catalanes, fue enviado a Southampton, Inglaterra.
Yo era un muchacho, de los 14 días en barco, 13 no comí por culpa de los mareos. Al final me entrenaron tres meses en Inglaterra y me enviaron a Francia.
Una vez en Francia fue enviado a tomar en Alemania el control del Puente Ludendorff, el único paso aún en pie sobre el Rhin.
Era el punto de mayor resistencia y es ahí donde tengo mis principales recuerdos, como esa vez que cruzando el Rhin iba con un soldado delante de mí, cuando le alcanzaron y lo cortaron por la mitad, y a mí me cayeron todas las vísceras; estaba lleno de sangre y me gritaban: "te han dado, te han dado",pero no era yo.
Valls cuenta con orgullo que fue el primer soldado en cruzar el puente Ludendorff, logrando el objetivo. Precisamente ahí cumplió los 20 años, en vísperas de la Navidad.
Cuando llegó el 25 de diciembre nos dijeron nuestros superiores que los católicos podíamos ir a rezar y en ese momento resultó que por conveniencia todos éramos católicos. Éramos miles de soldados luchando y sentíamos a Dios muy lejos de allí.

En esos días se encontró frente a un enemigo, que parecía tener menos de 18 años y que se puso más nervioso que John Valls.
Me quedé helado, no le pude disparar y cuando se lo entregué al sargento le dije: "no lo pude matar" y él me contestó que no había problema, que pronto lo haría, y así fue.

Y maté a muchos, soy católico, no debí matar y desde entonces la conciencia no lo acepta, a veces lloro.

Aún tengo pesadillas, sueño que vamos a un entierro y voy con ellos, pero me van a enterrar a mí, cavan la fosa, me ponen en la fosa, me comienzan a tirar tierra, y les digo no, no, no estoy muerto y de pronto despierto sudando y tengo que ir a bañarme.
Visitó a tres psiquiatras, lo que le hace revivir otra vez sus recuerdos, lo hacen llorar y ya no quiere ir.
Dicen que me pueden curar, pero para esto no hay cura, eso pasó hace 67 años y todavía no hay cura y no la habrá.
No me siento, soy culpable, aunque lo único que me ayuda es que yo no decidí ir, me llevaron y no sé cómo pude sobrevivir, solo me hirieron en un brazo y en una pierna.
Yo quería morir, rezaba para que se acabara esa ‘chingada guerra’, y le decía a Dios mátame, mátame, mátame, ya estoy listo, estoy cansado, cansado.
Y cuando nos avisaron del final de la guerra, ya no tenía ni ánimos de festejar, simplemente lo acepté. De los 22 amigos de la ciudad que fuimos a la guerra solo regresamos dos, los otros 20 son los verdaderos héroes, yo no.

Se licenció el 28 de febrero de 1946 y recibió la Estrella de Bronce y dos Medallas Presidenciales por valentía. Recibe una pensión en concepto de “Estrés Postraumático”

Fuente:
El Mañana

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